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Paseando juntos...

                               

Hacia demasiado tiempo que no teníamos una pequeña escapada, la rutina estaba empezando a ser un componente mas en nuestras sesiones. Así que cuando al abrir la puerta de casa y verlo con el tulipán y esa sonrisa entre divertida, traviesa y perversa automáticamente mi esencia empezó a fluir dejando un rastro de humedad según goteaba por mis piernas.

Tome la flor que me ofrecía e inmediatamente note como la aguja traspasaba mi piel y a mirar una gota de sangre se había formado en la punta de mi dedo, tiene un extraño modo de recordarme que aunque me obsequia con mi flor favorita, un suave y frágil tulipán prefiere cualquiera que posea espinas, por lo tanto siempre oculta estratégicamente una pequeña aguja en ella y consiguiendo que de un modo u otro acabe clavado en mí.

Le miro con una sonrisa al tiempo que limpio con mi lengua mi dedo, sonríe y entra en la casa yendo directo a mi dormitorio. – “ niña, ni se te ocurra entrar en la habitación, nos vamos el fin de semana fuera pero de tu maleta me encargo yo” – así que me dispongo a esperarle en el sofá mientras reviso que llevo todo lo que pueda necesitar en mi bolso. Me pongo los zapatos, tomo la chaqueta y quedo parada junto a la puerta esperando a que salga del dormitorio, se que no me dará ni medio segundo por lo tanto ya tengo las llaves en la mano lista para cerrar. Y así sucede, un remolino me toma de la mano sacándome de la casa a duras penas consigo pasar dos veces la llave y ya estamos sentados en el coche con destino desconocido para mi.

En menos de 20 minutos estamos en una cercana localidad costera, en noviembre ya no quedan turistas así que tan apenas se ve alguna señora con la bolsa de la compra por la calle. Nos dirigimos a una zona de casitas a primera línea de playa, y para el coche frente a una blanca con las ventanas y puertas pintadas de azul.

Me gusta la casa es muy sencilla pero acogedora, se la ha prestado para el fin de semana un amigo, la puerta de la terraza da justo en la playa, no es de arena sino de guijarros, esas en las que debes llevar todo el tiempo zapatillas o de lo contrario acabas con los pies destrozados.

Mi Dueño sale del dormitorio y me dice que vamos a dar un paseo por la playa y que quiere que me cambie que ha dejado lo que debo ponerme sobre la cama, - “Solo debes usar lo de la cama” – Al entrar veo un vestido negro de punto, me llega hasta el tobillo y es muy estrecho, casi no puedo andar, voy dando pasitos de geisha.

Salgo del dormitorio con el vestido y mi pelo recogido en una coleta bien alta como a él le gusta. – “¿no te he dicho que solo el vestido”? – “Es lo único que llevo mi Dueño o ¿debo soltar mi pelo?” - “No es lo único que llevas”. Me quedo mirándolo extrañada, sin entender, así que levanto mi vestido hasta la cabeza para que vea que mi cuerpo esta desnudo debajo de él. Su pie empieza a golpear nervioso el suelo y me quedo mirándolo sin entender, sigue golpeando el suelo con el zapato y mirando mis pies, entiendo en ese mismo momento y me quito los zapatos “Mi Señor...” No me deja terminar la frase, su mirada me corta al instante.

Me quito los zapatos y tomo su mano extendida, saliendo juntos a la playa. Comienza a caminar a buen ritmo, me resulta casi imposible seguirle, el vestido no me deja dar pasos largos y las piedras me hacen daño sobre la planta de los pies. Intento que no me oiga quejarme pero es dolor empieza a ser insoportable, tengo la sensación de ir caminando sobre cuchillas, mi paso se ha reducido y el va tirando de mi brazo, estoy deseando decirle que pare pero mi orgullo me lo impide, soy capaz de llegar a donde el desee y no me voy a rendir.

Como las lágrimas no me dejan ver tropiezo con su espalda de golpe ya que se ha parado, hay una barca en la orilla, hace que me recueste sobre ella y toma mis pies. Con una mano los acaricia y ello me alivia, sin embargo no me doy cuenta que tiene una vela y un mechero en la otra mano, por lo visto lo llevaba en el bolsillo. Se coloca de modo que para el poco viento que hay y enciende la vela, se lo que va a hacer lo que no sabia era que la sensación de quemazón iba a ser tan grande así que escapa un grito de mi garganta al notar las primeras gotas de cera sobre mis plantas lastimadas.

Entre las lágrimas veo su sonrisa de satisfacción y como poco a poco me va confeccionando unas suelas de cera directamente en mis pies, ya no siento nada pero sé que me dolerá mas tarde. Una vez terminado su trabajo me tiende la mano para que me levante, sin ninguna piedad de lleva de nuevo a hacia la casa, ahora duele más pero yo siento menos, su sonrisa orgullosa alivia todo mi sufrimiento.

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